28 abr. 2011

Muertos y locos


Los locos y los muertos tienen algo en común.
.
Se pasean de la mano por el limbo de la presencia-ausencia de quienes nos consideramos vivos.

27 abr. 2011

Una carta de presentación

Adoro desparramarme en la cama. Olvidarme de las panaderías. Las palabras que se tropiezan cuando salen de la boca de los borrachos, mis amigos borrachos. La noche en tu boca. Los terrores compartidos. Adoro el azar y confundir lo aleatorio con el destino. El miedo de los malos. Que otros huelan a vino. Tus dientes castigándome. Hurgarme el instinto. La masturbación mental. Adoro el verbo ser y las espaldas.

Y aún así, a veces estoy triste.

26 abr. 2011

Sin título

Foto: Antoine d'Agata.

En el patio del diablo,
.
el cántico del iluso
.
lo entona el incrédulo.

Sin título también

Algún día

La memoria de tus abrazos sólo me reocrdará que la mantis es un insecto que necesita comer.

Algún día

La sombra de tu sombra será más pálida que mis manos carentes de ti.

Algún día, no muy lejano.

24 abr. 2011

Sin título

Algún día.
.
Tu sombra difuminada se convertirá en una mancha borrosa.
.
Algún día, mientras juegue con la luz, me desgraparé el ruido de entraña muerta.
.
Algún día.

22 abr. 2011

Soneto Imperfecto I

Si te despiertas y estás en una celda acolchada
sin saber ni cómo ni quién te ha metido
y queda aire en ella para un último suspiro
levántate y derriba la puerta cerrada.

Si en una trampa de oso tu pierna está atrapada
y sus dientes de metal implacables te han mordido,
antes de que la gangrena tome partido,
arráncatela de cuajo, olvídala y anda.

Pero si tienes la tierra, el agua y el cielo
diez mil horizontes y aún así no vuelas
porque tú mismo te has puesto frenos,

será que tienes las alas pequeñas.
No culpes por la torpeza de tu vuelo
a quién te ofrece un refugio sin puertas.

21 abr. 2011

Sin título

No te como, te engullo.
Me sabes a verdad.

20 abr. 2011

Leda


Un único objetivo rondando su mente, ahora primitiva y circular. 
Un propósito irrefrenable que le salía de las venas de las muñecas 
y tiraba dulcemente de ella, adentrándola en lo más frío de su naturaleza.

De aquella que fue sólo quedaba la criatura pura, 
la que obedece a la tirantez de la carne 
y al olor de la muerte que acecha detrás de cada impulso animal.

Despídete de ella, se dijo, y soltó la correa para esquivar el mordisco de la bestia, 
el mismo que provoca abismos y el inevitable contagio de su obstinada ceguera. 
Deja que se le llene la boca de huesos y humo. 

Tú me comprendes. El instinto no entiende de belleza.

19 abr. 2011

Quehaceres.

Si la luz no toca el pozo de tu ombligo,............................destápalo

Si la simiente no brota en el vello de tu monte, ..... deforéstalo (esquílalo)

Si el rebaño no bebe de la fuente de tus senos, ..disécalo (pastoréalo) [depílalo]

17 abr. 2011

Avispas

Espérate al justo instante en que mis labios tiemblen

Acecha en la oscuridad mi oscura confusión

Bebe hasta reventar de mi pecho caliente

Y en ese momento exacto, clávame el aguijón.

9 abr. 2011

Weightless

Weightless - Erika Janunger

tu amor pluma planea por mi espalda en forma de mecha que prende y arrasa todos los poros de mi debilidad encarnada en una estela de escalofrío dulce como una burbuja de azúcar caliente que se derrama columna abajo.


y es ahí donde yo me olvido de mi nombre, de la gramática, de mi vértigo, de la ley de la gravedad.

8 abr. 2011

Hablo demasiado de mí mismo.
Hablo demasiado de mí mismo.
Hablo demasiado de mí mismo.
Hablo demasiado de mí mismo.
Hablo demasiado de mí mismo.
Hablo demasiado de mí mismo.
Hablo demasiado de mí mismo.

6 abr. 2011

La supremacía de la carne

Un día, alguien me invitó a entrar en un gallinero. No era un galllinero cualquiera, era un corral en el que por lo menos 1000 bichos con plumas se paseaban con ese aire decrépito y siniestro que sólo poseen las aves de más de 500 gramos.

Apenas había amanecido, con lo que el corral estaba prácticamente en la penumbra. Atravesamos un estrecho pasillo cubierto por un palmo de barro que nos dejó los pies prácticamente enterrados en el suelo. Había empezado la excursión al submundo de lo grotesco.

La poca luz que entraba apenas permitía vislumbrar a aquel pelotón desordenado de criaturas de granja que, de repente, me resultaba insultante. Aquel conjunto gregario de bocas picudas se movía de un lado a otro por el espacio, acorralándome inconscientemente, en un cerco de plumas, piojos y huevos.

Empecé a notar como los músculos de mi cara se iban contrayendo y me dibujaban un gesto agónico producto del miedo más primitivo que he experimentado jamás.

A mi alrededor, aquellos cuerpos hacían piña para formar la repugnancia absoluta de la forma. Sentía como esas cabezas gallináceas asentían sin parar al ritmo de cada paso que daban sus patas prehistóricas.

Mientras tanto, notaba como dentro de mí, mi asco y mi miedo luchaban por desterrarse el uno al otro.

El cacareo desacompasado de aquellos ogros galliformes junto con el olor agrio a pienso pútrido se unía para formar un binomio insoportable que atentaba contra mi integridad y disparaba mi instinto de supervivencia . Por un instante, sentí una necesidad imperiosa de inmolar al único gallo del corral que se paseaba a sus anchas con la cresta bien alzada. Mi subidón etílico de asco, miedo y rabia quería provocar una masacre de picadillo de carne, huesos y plumas. Pero no hice nada.

Seguí dentro del gallinero durante un rato más, petrificada por la fuerza del conjunto menos poético que había observado a lo largo de mi vida y tratando de entender porqué había sentido aquel ansia de aniquilar .Juro que aquella masa gregaria de apéndices carnosos y estómagos herbívoros desató en mi un repelús que ni todos los ascos del mundo servidos en un mismo plato lo hubieran conseguido.

Salí del gallinero y el horror fue aminorando. Desde entonces, no he vuelto a llamar a nadie cobarde, no sea que por algún poder mágico de mis palabras se convierta en gallina.

5 abr. 2011

El pespunte catártico

Aún a riesgo de convertirse en una muñeca de trapo, se cosió los ojos a las cuencas con hilo de esparto. Lo hizo con sumo cuidado y con suficiente firmeza para así asegurarse de que no podría arrancarse las órbitas nunca más. Viera lo que viera.

Trabajó hábilmente, durante un largo rato, saboreando la impresión de alivio que le proporcionaba cada remiendo de esos globos húmedos y frescos. La certeza de la unión eterna entre sus ojos y su alma le colmaba de tranquilidad.


Después de horas sumido en aquel trabajo de alta costura, por fin, el último punto de sutura, el pespunte catártico.


Guardó la aguja, el dedal y las sobras de hilo de esparto dentro de la sombra que proyectaba su cuerpo.


Después, corrió en busca de la única entrada de claridad que había en aquella casa.

Cogió aire, con una fuerza que le desgarró medio pulmón y con un movimiento de cabeza similar al de una fiera hambrienta, miró hacia la ventana.

Y de nuevo, pudo ver la luz.