30 may. 2011

Cadáver exquisito. Por Nat, Dorianroll y laVargasSublima


Y al final, se veía venir, las tres esquinas se rellenaron de puntos suspensivos -pero férreos- de telaraña para cadáveres predestinados a vivir muertos perdidos. Nada podía permanecer demasiado vivo entre ese trío de muros que formaban un vodevil en el que nunca creyó nadie, a parte de ellos.
Tres muertos sentados en una escalera, huérfanos de tumba y a la espera de que algún vivo mortiente les incluyera en su libro de familia. La espera les simplifica. La simplificación acaba con ellos. Y el fin, les mata. Pero ahí siguen, cada uno en un peldaño. Cada peldaño convertido en un vehículo para la evasión. Hay que pensar en los finales. Y las escaleras ayudan a planear los finales.
Mientras, las arañas les observan y tejen una manta para que no se mueran de frío. Ocho patas por cabeza y el doble de globos ciegos por pata. Un total de 1985 pelos se contraían con ternura al tacto de sus pieles templadas. Tantos ojos y tener que tocar para ver...
-Tengo hambre- exclamó el coro arácnido formando una sola voz de muebles que se arrastran- pero no como carroña.
Y salieron desnudos al mundo de la luz, pero sus pupilas dilatadas estaban hechas para el pantano. Tuvieron que cubrir sus tres ojos con una capa de barro que hiciese patinar cualquier estímulo, y frotaron sus espuelas contra sus vínculos mártires para darle brillo a la excursión. Se remolcaron los unos a los otros para acercarse hasta la fuente más lejana y allí bebieron tanto como para conseguir engañar a sus estúpidos estómagos puros.
La excursión de aquellos tres cadáveres al mundo de los vivos no iba a ser tarea sencilla. Estaban hechos de sed y pecado y poco acostumbrados a moverse en el mundo de los despiertos.
Empezaron a caminar por un sendero. Un sendero atestado de florecillas que conducía a la cima de una montaña, tan grande y monstruosa que iban a tardar una vida de muerto en llegar al pico. Y a cada paso una náusea, a cada huella un delirio, a cada metro una pérdida. Y a cada kilómetro un plan que les devolviera la fe y al resto del mundo la inocencia.
Como ascendían subidos a la luz que irradiaban los cuerpos de sus camaradas de travesía, solo de milenio en milenio el estallido incandescente de alguna neurona atrofiada era lo suficientemente rotundo como para hacerles avanzar de forma obvia. Veían entonces, tapándose con las bocas el sol que obstruía sus pupilas grandes como el mundo, que el perfil escarpado parecía más nítido. Y alimentaron los ríos con lágrimas de alegría y cansancio. No estaban caminando en círculos.
Nadie recuerda cómo fue que dieron su viaje por terminado porque no hubo seres con suficientes ojos, ni agallas, para contemplarlo. Ninguno de los demás les volvió a ver nunca. Sus cuerpos fósiles, incandescentes de estrella, fueron reducidos a rumores y envidias por lo auténtico de su hazaña (que desde el principio, recordemos, era absurda, que fue indiscutiblemente en vano, totalmente irracional, pero que resultó preciosa, por encima de todo).

5 comentarios:

Manifiesto Orgánico dijo...

Me acabais de hacer soltar un ruido raro de emoción. Tan bello como mortecino y con esperanza

lavargasSublima dijo...

;)) gracias!
Ha sido una matanza de esas en las que no sobrevive nadie...ni los fantasmas.

Dorianroll dijo...

Me gusta lo de un ruido raro de emoción.

Chus A. dijo...

Bastante encriptado a mi gusto, el texto..pero me atrae, me inquieta y me llama esa voz narradora, me llama clavándome un anzuelo en el pescuezo... (no en la garganta, porque no entro a morderlo, pero si en el pellejo, insisto, del cuello.. digo... Sí.
curioso... curioso...

nat dijo...

anzuelo y pescuezo son palabras magníficas que deberían utilizarse más a menudo. gracias por pasarte, Chus A.

PD: el canto de las sirenas siempre fue críptico, dicen. ;)