26 ago. 2011

verano fugit


foto: tumblr


Os digo que el verano agoniza así como se mueren todas las cosas buenas de la vida; despacio y restregándote por la cara los minutos agradables que pasaste a su lado. Él se encarga de hacer balance, hundiendo su sofocante suela en tu cuello para cortarte la respiración, de todo lo que también pudo ser y no fue.

Con el corazón astillado por mil hazañas ves que las hojas ya han empezado a caer, y las horas de sol se van a tomar por el culo, junto con tus tejanos cortos y deshilachados directos al fondo del armario de los ácaros.

En estas condiciones uno no puede sino que temerle y empezar el otoño con lágrimas en los ojos, un nudo en el estómago, el pie izquierdo, de mal humor y agitando un pañuelo blanco en la playa mirando al infinito con cara de gilipollas. El “Síndrome del Verano Idílico”, así le llamo yo. Porque, aunque los recuerdos son mejores que la realidad, sólo por ser evocaciones, siempre están ahí para que no se te olviden.

El otoño me contrasta y me mata, y aquí/así se lo hice saber personalmente hace aproximadamente un año, pero por lo visto sigue sin darme tregua. Su sentencia del paso del tiempo es implacable.

Lo peor es que realmente ni siquiera me gusta el verano. Soy una enferma crónica de la nostalgia, supongo. Y una triste. Y de eso no tienen culpa las estaciones, aunque “otoño” tiene muy mala fama y peor rima.

Pero insisto, la edad debería medirse en otoños superados, no en años, y mucho menos en primaveras…